Titiriteros desde arriba

titiriterosMe atrevería a afirmar que la intensidad de mi temor al folio en blanco aumenta progresivamente debido a que la pluma con la que me propongo rellenarlo se encuentra rodeada por unas cadenas doradas sobre las que aparecen grabadas a fuego tres palabras: Libertad de expresión.

Me atrevería a afirmarlo, pero en ese caso estaría adoptando una actitud derrotista, que resulta ser la menos indicada en las circunstancias ante las que nos hallamos.

Pongámonos en situación. El pasado cinco de febrero, dentro de la programación de Carnaval, dos titiriteros de la compañía ‘Títeres desde Abajo’ representaron en el distrito madrileño de Tetuán la obra ‘La Bruja y Don Cristobal. A todo cerdo le llega su San Martín’. Algunas de sus escenas han sido objeto de controversia, ya que en ellas se mostraban la violación de una mujer y el ahorcamiento de un juez y se exhibía una pancarta que rezaba “Gora Alka-ETA”.

Pese a que los titiriteros han asegurado que en ningún momento la calificaron como una función infantil, su público estaba mayoritariamente compuesto por niños. Ante la coyuntura, algunos padres reaccionaron llamando a la Policía, que terminaría por detener a los responsables

El seis de febrero, el Juez de la Audiencia Nacional Ismael Moreno acordó el ingreso en prisión de ambos, imputándolos por enaltecimiento del terrorismo y por atacar derechos y libertades públicas.

Cinco días permanecieron entre las rejas de Soto del Real las tres palabras con las que concluía el primer párrafo de este artículo -y de las que tanto se jactan la mayor parte de los políticos de nuestro democrático Estado-, encarnadas esta vez en Raúl García Pérez y Alfonso Lázaro de la Torre.

Pese a ponerlos en libertad el diez de febrero, por considerar reducido el riesgo de fuga y tras haberles requisado el material con el que llevaron a cabo la representación, el juez decidió mantenerles los cargos. Como medida cautelar, les ordenó la comparecencia diaria en el juzgado más próximo, que se completaría con la prohibición de salir del territorio nacional.

“Con nuestra obra no pretendíamos aleccionar a nadie y mucho menos a los niños y niñas, sino tan solo contar una historia de ficción que por desgracia tiene muchas similitudes con la realidad que nos ha tocado vivir estos días”, escribían Raúl y Alfonso en ‘Tribuna Abierta’, la sección de opinión de Eldiario.es el pasado domingo.

Paradójicamente, una obra satírica que pretendía denunciar los montajes policiales ha sido tanto denunciada como víctima de un montaje policial.

Muy probablemente, la opinión pública encontraría macabro que se acusara de enaltecimiento del terrorismo a Martin Wuttke por interpretar a Adolf Hitler en Malditos Bastardos, o a Quentin Tarantino por dirigir el film y ser responsable del guión. O incluso a todo aquel que difundiera la célebre historia de Caperucita –por seleccionar un relato dirigido a niños-, susceptible de ser censurada “por niñofagia, maltrato animal y descuartizamiento de ancianas”, como ironizaba Eduardo Pérez el periódico Diagonal. Del mismo modo, no logro comprender por qué la mayoría de la sociedad asintió pasivamente durante las pasadas semanas mientras presenciaba cómo, a través de los medios de masas, se le ponía una camisa de fuerza a la protesta.

A aquellos que sigan considerando que lo ocurrido estos días y relatado en estas líneas no tiene nada de paranormal, les aconsejaría que se destaparan los ojos y contextualizaran los hechos. Es evidente que si uno se limita a leer los titulares de la prensa mayoritaria cada vez que tiene lugar una crítica política no será capaz de conformarse una opinión real de lo acontecido.

Es cierto: El contenido de la obra quizá no era el más adecuado para el público infantil. Pero también es cierto que la misma no tenía como objetivo al mostrar la polémica pancarta enaltecer el terrorismo. Dentro de la historia de ficción, esta era colocada por un policía con la intención de que la bruja, protagonista de la narración, fuera precisamente acusada de terrorismo. (Toda semejanza con la realidad es pura coincidencia.)

Ante situaciones injustas y vetustas como esta, el único camino viable es alzar la voz. No doblegarse ante el discurso institucional y mediático, emitido por aquellos que temen ser el siguiente objetivo de quienes discrepan con lo comúnmente aceptado como ‘normal’ o ‘correcto’. Moverse y sentir las cadenas de las que hablaba Rosa Luxemburgo para definitivamente romperlas. Denunciar por todos los medios que estén a nuestro alcance el recurso generalizado al enaltecimiento del terrorismo –y a acusar de ello a cualquiera que resulte mínimamente incómodo para el sistema- por parte de los verdaderos titiriteros de este país, que mueven los hilos a su antojo para darle a la función un final que no les aparte de su zona de confort.

Texto: Ainhoa Rossi (@nhoaroc)

Imagen: Miguel Sánchez Lindo | Vía http://www.negratinta.com

 

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Un comentario en “Titiriteros desde arriba

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