¿Nos replanteamos la educación? Desaprendiendo para aprender

¿Qué entendemos realmente cuando escuchamos ‘educación libre’? Seguramente haya tantas formas de entender la educación libre como personas. Para nosotros quiere decir sobre todo libertad de educación, libertad de elección. Libertad de decisión.

            Es necesario prestar atención a cual es el objetivo “escondido o indirecto” del sistema educativo. La escuela tradicional trata de unificar los conocimientos y aprendizajes de cada persona, de tal manera que todas deben aprender lo mismo y en el mismo momento, independientemente de los intereses y ritmos de cada una. Bajo el pretexto de ‘educarnos’ en un sentido social, lo que se transmiten son una serie de valores que nos inculcan sin apenas darnos cuenta. Valores como son la obediencia o la jerarquía tanto social como de asignaturas e intereses. Lo que se pretende es obtener personas que antes de convertirse en adultos, siquiera en jóvenes, se hayan vuelto conformistas a base de obedecer y de ser castigados. Personas que tengan respeto o miedo a las autoridades o personas con un mayor poder y, sobre todo, que estén desvinculadas de sus propios intereses y por tanto de sí mismas (a fuerza de dirigir su atención y su tiempo hacia temas supuestamente importantes pero que no les interesan en esos momentos). En resumidas cuentas, personas que no se atrevan a luchar contra el poder, que no crean en sí mismas y no persigan sus sueños, que se dediquen a obedecer y seguir formando parte de esta cadena de transmisión de estos mismos valores.

            Está claro que hoy por hoy son muchas las familias conscientes de la importancia de un cambio y que quieren ofrecer algo mejor, algo diferente a sus hijos pero ¿cómo?. En no pocas ocasiones hay una brecha considerable entre lo que las familias desean para sus hijos e hijas y lo que luego sucede en el día a día. Y es que una cosa es ser consciente de querer respetar los ritmos e intereses de tus hijos y entender la educación como un acompañamiento al desarrollo propio y único de cada persona y otra cosa, muy distinta, es tener las herramientas para llevarlo a cabo. Aunque de palabra y opinión tengamos claro el camino, la realidad es que hemos sido programados para reproducir el sistema, para repetir los patrones con los que hemos crecido. Por tanto, una y otra vez vienen a nosotros palabras o acciones que nos son ajenas realmente pero que hemos integrado en nuestro ser hasta tal punto que no somos conscientes de ello.

            Es sin duda una labor de tiempo y de mucho trabajo personal el ir desactivando poco a poco todos esos resortes que nos bloquean una verdadera comunicación con nuestras hijas e hijos. Es fácil decir que confiamos plenamente en su capacidad de decisión y otra muy distinta ser capaces de no juzgarles cuando toman una decisión que creemos saber equivocada o no decirles constantemente qué y cómo hacer. Es difícil ver la necesidad emocional que les ha llevado a una conducta que socialmente se considera incorrecta, por mucho que pensemos que la educación emocional es necesaria. Lo fácil es reñir y juzgar.

            El acompañamiento emocional es la base para el desarrollo de las personas, del aprendizaje, pero también lo son el concepto que tenemos de la vida y de la comunicación. Creemos necesario un cambio en el paradigma educativo y social. A día de hoy la educación sigue centrada en la producción, en las evaluaciones y los juicios, en lo que está bien y lo que está mal, en los que ganan y los que pierden, etc. Y así creamos, sin darnos cuenta, una sociedad competitiva en lugar de una más cooperativa.

            ¿Que pasaría, en cambio, si cada uno hiciese lo que quiere, lo que desea, teniendo en cuenta sus necesidades y sus intereses? ¿No seriamos acaso más felices?

            Hacer lo que realmente deseamos, lo que nos motiva, sin miedo a equivocarnos, cometer errores y volver a empezar sin juicios, sin evaluaciones. Imaginemos por un momento que desde que nacemos se nos dejara crear, buscar soluciones, ir eligiendo nuestro propio camino día a día… ¿no sería más enriquecedor que tratar de no salirnos del camino marcado para que no nos señalen con el dedo?

            A lo largo de los últimos años hemos conocido varios proyectos de educación libre, pedagogías activas, proyectos vivenciales, educación alternativa… cada uno se define como lo entiende. Cada proyecto es distinto de los demás: parten de necesidades distintas, se basan  en argumentos diferentes, matices, métodos,  diversas maneras de entender las vivencias personales. Pero si hay algo que tienen en común todas las personas implicadas en ellos, es el deseo de proporcionar a la infancia una educación diferente a la que hemos, en nuestra mayoría, recibido. Les une una esencia, una intención de buscar algo distinto, algo que el sistema no ofrece y que tal vez no quiere ofrecer, una educación que difiere bastante de lo que suele suceder en la escuela tradicional.

            Las personas que hemos conocido en estos proyectos ven que otra educación, distinta a la establecida, es posible; una educación donde la persona es lo importante, donde es necesario cuidar y aprender desde las emociones, desde la individualidad, la pasión y el deseo. Hay una nueva mirada posada en el individuo y en sus propios intereses y necesidades y no en la sociedad, que ve la educación como una forma de mantener un sistema y unos valores sin ni siquiera planteárnoslo, sin ser conscientes de ello.

            Cuando pensamos sobre lo que ha sido nuestra educación nos damos cuenta de la cantidad de cosas que hemos tenido que aprender sin interés, sin ganas, sin motivación y, como resultado, el tiempo que hemos dejado de hacer cosas que nos apasionaban realmente. En su momento no éramos conscientes de ello pero ahora sentimos nuestra educación como un proceso de desconexión.

            Como dice Sir Ken Robinson, en su libro El Elemento[i], no podrás descubrirte a ti mismo si estás atrapado dentro de una obligación a la que debes amoldarte.

            Y es que incluso en los proyectos de educación alternativos, hay muchas veces una falta de confianza en los intereses y motivaciones de los niños y niñas. Una falta de confianza en que nadie mejor que cada persona sabe qué le interesa en cada momento. Y entonces al final, se cae nuevamente en proponer talleres y actividades que acaban desconectándonos de nuestras motivaciones.

            Esto está intrínsecamente relacionado con la jerarquía de materias que asumimos en nuestra infancia. Por regla general, se entiende que las matemáticas o lengua son las asignaturas importantes, muy por encima de educación física o plástica, por ejemplo. Hemos asumido también que era importante aprender de memoria ciertas cosas que nunca más recordaríamos porque “es necesario saberlas”. Aunque mirándolo con perspectiva, si ya no las recordamos, quizás no era tan necesario ¿no?

            En el libro “Por fin libres[ii] en el que Daniel Greenberg habla de la escuela democrática Sudbury Valley School, lo explica muy bien:

“Nunca hemos visto que fuera parte de nuestra misión entretener a los estudiantes, inspirarlos, seducirlos para que aprendan lo que “deben” aprender. Nunca hemos colocado la alegría y la felicidad en la cima de nuestra lista de prioridades. Para nosotros, en Sudbury Valley la exposición a la realidad es lo más importante. Para aprender y crecer, las luchas cotidianas, desilusiones, frustraciones y fracasos son tan esenciales -incluso más esenciales- que la felicidad y la satisfacción que otros buscan”

            Por ello, preferiríamos no hablar de educar, ya sea educación libre o educación formal o no formal, o educación clásica o directiva, ni ninguna de las formas de educar. Nos parece más acertado hablar de acompañar.

        Hace poco oímos en una entrevista a André Stern[iii] una frase de Jean-Pierre Lepri que decía que no se trata de buscar una educación alternativa sino de buscar una alternativa a la educación. Y es un matiz muy importante. Desde el momento en que utilizamos la palabra educación, hay una intencionalidad de educar y por tanto de llegar a unos objetivos directos o indirectos, de conseguir algo, un fin externo a la persona a educar. Y por lo tanto de manipular para conseguirlo con unos métodos u otros más o menos directivos.

            Acompañar, sin embargo, se refiere a estar presente y dejar que sea la persona (niños, niñas, adultos, adultas) quienes dirijan su vida, quienes escojan el camino que quieren, quienes decidan qué, cómo, cuándo, con quién, quieren hacer o aprender, o lo que sea. Generalmente, esto choca de nuevo con la falta de confianza en el programa interno de cada persona. Hay una creencia generalizada que nos hace pensar que si a un niño o niña le dejáramos hacer aquello que quieren estarían todo el día jugando y no aprenderían nada, al menos nada de lo considerado ‘importante’. Realmente, es muy probable que jugaran continuamente, es cierto. Pero eso no es algo negativo, todo lo contrario. El juego libre es el mecanismo natural por el cual podemos aprehender el mundo en que vivimos e ir construyéndonos como individuos. No es que se aprenda jugando, es que no se aprende sino se juega. [iv]Sólo aprendemos lo que queremos en el momento que queremos.

http://DesaprendiendoParaAprender.wordpress.com

[i]“El elemento: Descubrir tu pasión lo cambia todo” – Sir Ken Robinson con Lou Aronica

[ii]“Por fin libres. Educación democrática en Sudbury Valley School” – Daniel Greenberg

[iii] http://www.andrestern.com/fr/accueil.html

[iv] Se puede profundizar más sobre la importancia del juego en el aprendizaje en http://www.imaginelephants.com (documental + una base de datos sobre el juego)

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